De los problemas y el estado de ánimo

Si prestamos atención a los recortes que hacemos para ver y percibir la realidad –las cosas, las situaciones, nosotros mismos, el estado del tiempo, el ánimo de nuestra pareja o el diario que leemos, por ejemplo–, nos daremos cuenta que los problemas, las dificultades, lo que molesta y dificulta el vivir, son aspectos muy visibles para nosotros: se imponen a nuestra vista. Por otro lado, todo aquello que alimenta las sensaciones de bienestar, lo agradable y amable, son segmentos de la realidad que aparecen como menos contundentes, menos reales o más opacos para nuestra mirada.

Parecería que lo problemático y dificultoso tienen una mayor existencia ante nuestros ojos, mientras que lo bello, lo amable y lo agradable está tejido con hilos más débiles, de menor presencia. Esta es una primera hipótesis posible, y aceptarla equivale a reconocer que la realidad es tal cual la percibimos.

La segunda hipótesis que quiero compartir es que al hablar de realidad no estamos hablando de cómo las cosas son en verdad, sino de una manera de verlas, de una interpretación de lo que miramos que, como tal, selecciona lo que ve para darle sentido y organizarlo. Claro que no se trata de una interpretación consciente, sino de un lente que se fue “construyendo” en cada uno de nosotros en la medida en que nos íbamos haciendo personas. Por eso es que no sabemos que lo que hacemos es interpretar: no nos damos cuenta de que lo que definimos como “realidad” es en verdad una manera de ver, y creemos que se trata de algo que es en sí y de por sí.

Así planteadas las cosas, nuestro hábito de dar preeminencia a lo problemático hace que vivamos sumergidos en las dificultades y que habitemos superficialmente y sin darles demasiada importancia a las facetas de nuestra existencia que pueden prodigarnos alegría, bienestar, intensidad y goce de vivir.

Pero las cosas también pueden ser de otra manera. Siempre es posible reorientar nuestros registros deteniéndonos menos en lo problemático y más en lo disfrutable. Lo que necesitamos es aprender a profundizar el registro sensual de un día de sol, del gusto por una tarea, del abrazo de un niño, de la intensidad de un encuentro erótico…. Necesitamos dejar que nuestro ánimo se preñe del aroma de estas experiencias que alegran e intensifican la vida. Creo que este simple intento, que por otra parte está al alcance de todos, puede enriquecer mucho nuestra experiencia vital cotidiana.