Cuando la cultura nos juega en contra

Una cultura es una manera de ser de las personas y los vínculos en una época determinada. Los seres humanos siempre pertenecemos a un período particular de la historia. Esto significa que participamos de un horizonte de sentido común.

Una cultura genera en las personas inclinaciones y deseos “normales”: constituye una forma de predisponerlas ante las situaciones de la vida. Si prestamos atención, podremos ver que en cada cultura y en cada época hay ciertos criterios que organizan la “normalidad”; en ese denominador común puede leerse lo que da sentido a la vida humana.

En nuestra cultura productivista las predisposiciones siempre apuntan a afirmar las aptitudes para la utilidad y el dominio. Todo lo que tiene que ver con el goce y el disfrute del presente quedó sin organizarse en nuestra inclinación subjetiva, prácticamente no tiene inscripción en nuestros criterios de “normalidad”.

Estamos predispuestos a: No estamos predispuestos a:

– el esfuerzo sacrificado – el esfuerzo gozoso

– vivir en función del resultado – vivir en el presente

– estar atentos al deber – estar atentos a nuestras ganas

– ser responsables con el deber – ser responsables con nuestras ganas

– valorar lo que “debemos” – valorar lo que queremos

– cumplir con el deber – disfrutar lo que hacemos

– controlar la situación – aliarnos con otros

– repetir – crear

– hacer y vivir más de lo mismo – cambiar

– el “hay que…” – el “quiero”

Como no podía ser de otra manera, nos resulta muy difícil vivir aquello para lo cual no estamos predispuestos. Allí el querer es débil, y la fuerza de voluntad también: no sabemos cómo ejercerlos.

En el intento por revertir esta situación, no alcanza con reflexionar, pensar y querer de otra manera; es necesario apuntalar cotidiana e insistentemente la atención, la responsabilidad y las acciones que construyan la realidad que queremos. Hacernos cargo de crear las condiciones para que aquello que deseamos cobre forma.

“Saber querer” no es sólo desear, sino también poner empeño y fuerza de voluntad, y llevar adelante acciones que construyan lo que deseamos.

Es importante que reconozcamos esta falta de predisposición para prestar atención a nuestras ganas, y la debilidad que ello supone para nuestro juego propio. Necesitamos generar en nosotros esa disposición, construirla cotidianamente. Esto es precisamente lo que llamo “aprender a querer”.