Contra el castigo a los niños

Recientemente se publicó una noticia insólita que mostraba a las claras que en el mundo occidental desarrollado todavía sobreviven ciertas durezas que uno suponía ya desaparecidas. La información hablaba de un conflicto jurídico entre el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos y el gobierno británico en torno al tema de los castigos corporales durante la crianza. El líder de la oposición decía que los ingleses no necesitaban que un juez europeo decidiera por ellos en esta materia. Pero lo cierto es que el 61 por ciento de los británicos apoyaba los castigos físicos a los niños.

A mi entender la cuestión principal no radica solamente en la opinión que tengamos sobre el derecho de los niños a no ser castigados, sino también en qué tipo de personas queremos criar para que puedan cuidar y afirmar sus vidas en el estado actual del mundo.

 El autoritarismo paterno y los castigos corporales fueron instituidos en épocas en que se pretendía conseguir la repetición de las formas de vida de los padres: era necesaria la obediencia y la aceptación de lo dado. Más que aprender a pensar, era preciso que los chicos aprendiesen a obedecer.

Actualmente las condiciones han cambiado. Ya no está tan claro cuáles son las formas “correctas” de las cosas y de la vida. El cambio se ha instalado como  situación casi constante en la existencia de todos los seres humanos, y necesitamos aprender a pensar qué queremos de la vida y cómo lograrlo. Nos resulta imprescindible crear nuevas maneras de vivir y no repetir las formas conocidas, que no siempre resultan válidas y deseables.

Es a ese mundo cambiante donde estamos incorporando a los chicos que hoy criamos. Un mundo que requiere, fundamentalmente, de la capacidad de pensar y crear, tanto en términos de la vida privada (de los vínculos afectivos y familiares), como de la actividad productiva, donde la expansión vertiginosa de la técnica presenta permanentes desafíos a la creatividad humana.

Esa posibilidad de pensar y crear es lo que se anula con la obediencia autoritaria; y esto es especialmente notable en el caso de los niños golpeados.

Evidentemente los restos rígidos de la cultura victoriana llevan a los ingleses a defender formas de crianza quizás válidas para un mundo que ya no existe. Pero lo que está en juego no es sólo una cuestión de matices en la manera de tratar a los chicos. Se trata de una forma de ser padres o maestros que no atiende al cultivo en los niños de las capacidades principales que todos necesitamos para cuidar y afirmar la vida en el contexto actual. Y esto es muy grave.