Construir el trabajo tan soñado

Cotidianamente me encuentro con hombres y mujeres que no atinan siquiera a buscar la línea de continuidad entre sus intereses artísticos, culturales o humanitarios y su actividad laboral. Es verdad que en la mayoría de los casos las condiciones de posibilidad son difíciles y limitantes, pero también es cierto que cuando se comienza a pensar la cuestión, empieza a abrirse la posibilidad. Con debilidad y lentamente, con sensaciones de imposibilidad y al mismo tiempo dando pasos muy pequeños que lo van haciendo posible, cada vez más posible.

El caso del colorismo en Catalina Crusellas muestra una experiencia en la que se buscó, y logró afirmar, ese punto de encuentro entre los intereses profundos y una actividad profesional viable. Catalina era una pintora con relativa presencia artística pero muy pocas posibilidades de  venta. Además, le disgustaba buscar una pintura “más vendedora”. Se encontraba ante la certeza de que le era imposible “vivir de la pintura”.

En nuestro diálogo su búsqueda se fue corriendo hacia otros intereses y al mismo tiempo fue descubriendo cuál era la intensidad mayor en su relación con la pintura. Así apareció el color como eje movilizador, y fueron explicitándose otros aspectos: le interesaba la estética que el color traía a las cosas y a la vida, la relación que las personas establecían con esa posibilidad de ambientación existencial que el color entrega, y también le importaba la relación personal-profesional con la gente.

Así comenzó a tomar forma lo que es hoy su actividad laboral: el colorismo. Catalina se dedica actualmente a ayudar a la gente a habilitar un juego más libre y auténtico con el color, más vinculado con las sensaciones de cada cual. Y todo ocurre a través de un servicio muy concreto: ayudar a sentir-pensar los colores con que pintan sus casas.

Una dificultad que en la mayoría de las situaciones cierra las puertas de una búsqueda como la que encaró Catalina, es la dependencia económica de la actividad laboral. “Mantengo a mi familia con mi trabajo actual, no puedo dejarlo para comenzar algo en lo que no sé bien cómo me va a ir”. En general esto es cierto y prudente, pero lo que no es tan cierto es que no se pueda ir construyendo la nueva posibilidad, haciendo cosas en paralelo a la actividad con la que atendemos nuestras necesidades económicas del momento.

Si queremos cambiar de caballo, necesitamos ir criando el potrillo que tenemos ganas de montar. Es muy raro que existan condiciones como para “desensillar hasta que aclare”. De algo hay que vivir, y mientras lo nuevo no sea capaz de mantenernos, tendremos que seguir por un tiempo con aquello en lo que veníamos trabajando.

Quizá el mayor riesgo esté en el momento que tenemos que decidir dejar lo viejo conocido y apostar por lo nuevo que viene afirmándose. Ese riesgo sólo es evaluable en situaciones concretas. De lo que se trata no es de “tirarse a la pileta”, sino de ir construyendo en la medida de lo posible, considerando los  recursos propios. Las dificultades sólo son calibrables y afrontables con la fuerza que tenemos en el momento en que se presentan.