Complementariedad y posesión

Complementariedad y posesión son las dos características principales sobre las que se estructura la forma de nuestro juego amoroso. Este, como todos los juegos del productivismo, no es ni lúdico ni gratuito. Es la utilidad la que le da sentido y la que organiza su forma y su manera de ser. El amor occidental es materia prima y energía de la producción y de la reproducción. De acuerdo a esa visión se considera buena pareja a aquella que logra fundar una buena familia criadora de buenos ciudadanos productores exitosos. Una familia en la cual no se formulan preguntas en relación a la intensidad de su juego amoroso.

La clásica manera de referirse al otro en una pareja amorosa (“media naranja”) muestra a las claras el juego de los dos elementos principales que antes mencionábamos: complementariedad y posesión.

Quien busca complementariedad en el otro no se concibe a sí mismo como un ser autónomo. Si lo fuera entraría en relación con el otro. En la complementariedad yo soy en tanto el otro me complementa, debo poseer al otro, apropiarme de él, poseerlo en exclusividad para asegurar mi propia existencia. Ya no soy con el otro sino en el otro, a través del otro, junto al otro.

En el matrimonio, tal complementariedad y posesión reducen el juego de dos a uno. Así, si una parte se ve “traicionada”, le reclama al otro haber roto la constitución de un todo que los reducía a ser uno. La culpa es siempre del que se individualiza en tanto es el que parece poner en peligro la constitución del todo que la pareja es. Pero más aún, si uno tiene depositada su vida y su identidad en la relación con el otro se culpa a ese otro de la propia imposibilidad de ser. Así las cosas, primero se arma la pareja, y luego yo encuentro mi lugar en ella, en tanto soy parte de ella.

Establecido este juego de complementariedad y posesión comienza el despliegue de una forma de relacionarse en la cual el vínculo amoroso va concretando su autofagia: en la medida en que se juega va devorándose a sí mismo. Muchas son las rutas que convergen en este proceso autodestructor. Una frase de la sabiduría popular, libro en el que se va inscribiendo lo más contundente de la experiencia de una cultura, dice de esto, con una fuerza que casi releva de toda prueba: “El matrimonio es la tumba del amor”.