Competimos para “ser más” eso nos hace más débiles

Ser competitivos no es algo que elegimos. Es algo que nos llegó en la manera de ser persona que nos enseñaron. De chiquitos nos incentivaron a hacer monerías ante otras personas para alimentar el ego (yo competitivo) de nuestros padres. Más adelante comenzaron los juegos de ganar y perder y después las calificaciones escolares en escala del 1 al 10 o de “reprobado” a “sobresaliente”… Los ejemplos pueden seguir al infinito, aunque seguramente muchos ya son invisibles para nosotros, dado que ese espíritu competitivo se nos fue convirtiendo en algo así como el color esperable de casi todo lo que hacemos. Ese fue el camino por el que nos fuimos adiestrando en el arte de desplegar nuestro sentido de competencia, hasta que nuestra propia mirada comenzó a ver lo competitivo como “lo natural”.

Es por eso importante que podamos ver que la competencia es sólo una forma vincular que nos enseñaron. Que intentemos modificarnos y generar otra. Ninguno de nosotros eligió ser competitivo, ni tampoco ocurre que esto está en las determinaciones “naturales” de lo humano. Fue un aprendizaje y no fuimos responsables de ese aprendizaje como no somos responsables de la elección de nuestra lengua materna. Pero sí somos responsables de no detenernos a pensar en qué medida esa competitividad disminuye nuestras posibilidades de crecer y de ser eficientes en distintos aspectos de nuestra vida.

Vivimos como si ganar, ser el primero o ser el mejor, fuese la sal de la vida. Jugamos al tenis, o a lo que sea, con todo puesto en ganar el partido. Conversamos atravesados por el objetivo de imponer nuestras ideas. Trabajamos con la mitad de nuestra energía puesta en demostrar que somos el mejor. Hay en nosotros un grado de constante de competitividad, como si en “ganar” radicara el sentido de cada uno de nuestros actos y de la vida misma.

¿Nos hemos preguntado, alguna vez, si esto enriquece nuestra vida o la empobrece? O ¿qué pasaría en nuestras conversaciones si lo importante no fuese “tener razón”, sino generar un intercambio de ideas, en donde cada uno enriqueciera las posibilidad de ver y hacer de los otros? ¿Hemos imaginado alguna vez cómo serían nuestro estado de ánimo y nuestras sensaciones, si lo importante de un partido de tenis fuese la danza y la alegría del juego y no el puntaje del resultado? ¿O cuál sería el grado de nuestra eficacia productiva, si no nos ocupásemos tanto de demostrar que somos más que los otros, sino de estar plenamente atentos a la tarea y a la coordinación de nuestras acciones con los otros?

Es paradójico: la vida nos enseña a competir para ganar, y eso es, precisamente, lo que más nos hace perder. Con la competencia perdemos mucho más de lo que suponemos que ganamos. Y perdemos en el sentido literal de la palabra, perdemos de ganar cosas que harían nuestra vida más gratificante y valedera. Perdemos en vínculos, en afectos, en alianzas, en potencia, en eficacia. Como por arte de magia negra, convertimos en contrincante a los que podrían ser aliados. Convertimos en estresante lo que puede ser placentero. Usamos parte de nuestra energía para atender el combate competitivo y con eso la restamos a la atención de los objetivos de nuestras acciones. Enturbiamos los vínculos amorosos, empobrecemos nuestra posibilidad de producción y creatividad. El grado en que nos ocupamos de ser o parecer más que los otros, es también la medida en que no nos ocupamos de lo que estamos haciendo. Es decir, cuanto más competitivos somos, menos competentes resultamos.

No somos responsables de haber sido educados en la competitividad. Pero somos responsables de seguir siendo así una vez que descubrimos que no es la manera más rica y potente de vivir. Somos responsables ante nosotros mismos, desde una mirada ética que se funda en nuestro propio deseo de aprovechar y bienvivir la vida. Somos responsables de no comenzar un proceso de re-aprendizaje y cambio que nos posibilite vivir mejor.