Cómo zafar de la “frigidez laboral”

La actitud sufriente con que las personas encaramos el trabajo nos impide disfrutar con nuestra actividad profesional. Podría decirse que hoy la mayoría somos laboralmente “frígidos”. Pero aprender a paladear el trabajo es posible: para ello hay que activar el sentido del “gusto” en esta zona existencial, y construir alternativas laborales que de verdad nos entusiasmen.

¿Cómo hacer para zafar de nuestra relación sufriente con el trabajo? Lo primero, posiblemente, sea tomar conciencia de que nuestra actividad está organizada por el sentido productivista: trabajamos sólo por el resultado. No nos resulta fácil disfrutar de la tarea y registramos con facilidad lo que ella tiene de penoso y de pesado; no encontramos placer ni felicidad en el trabajo: somos laboralmente frígidos.

Aprender a “paladear” el trabajo es tan posible como lo es aprender a paladear un buen vino o un plato de comida. Sólo hay una diferencia que debe ser saldada: en nuestra predisposición cultural y mundana respecto del vino y la comida, están validados el gusto y la acción de gustar. En el trabajo, por el contrario, el gusto no tiene validación; la tarea está pensada y vivida en función de sus resultados, y no desde el gusto por ella.

En las conversaciones cotidianas, por ejemplo, cuando alguien nos pregunta “¿Cómo te va en el trabajo?”, la interrogación refiere a los resultados de nuestra actividad y no al hecho de que nos guste o disguste lo que hacemos, o a cómo la pasamos realizando nuestro trabajo. En cambio, cuando se refiere al vino, la pregunta es, explícitamente: “¿Te gusta el vino?”.

¿Qué pasaría si comenzáramos a activar las sensaciones de gusto en el trabajo? Probablemente la primera sensación sería más negativa que positiva, porque no tenemos conexión con lo disfrutable en la tarea y en cambio sí tenemos detallada conciencia de lo que nos desagrada, de lo que en ella es esfuerzo y sacrificio. Pero en la medida en que aprendamos a paladear de manera propia las situaciones laborales, irán apareciendo otras posibilidades;  será factible entonces vivir situaciones de trabajo en las que nos encontremos muy bien, en las que la pasemos bárbaro y acudamos llenos de ganas de sumergirnos en nuestra tarea.

Este aprendizaje va desarrollándose con el tiempo. La fuerza y la habilidad para vivir lo placentero en la tarea crecen paulatinamente, y esta actitud va ganando terreno sobre la forma convencional y penosa de encarar el trabajo. Esto no significa que a partir de ese momento todas serán rosas en el ámbito laboral; pero al menos ya no será un campo en el que sólo existan cardos llenos de espinas.

Lo importante es pensar si esta nueva nueva disposición frente al trabajo, validadora del goce y del disfrute, nos atrae como para darle lugar en nuestra propia vida. Si la respuesta es afirmativa, nos tocará aprender a poner en actos esta nueva actitud, dándonos espacio y tiempo para encontrar el registro del gusto que tenemos casi anulado en esta zona existencial. Será necesario deshacer pacientemente nuestra “frigidez laboral” y buscar y construir opciones laborales que nos gusten, nos seduzcan y apasionen.