Cómo recuperar la iniciativa empresaria

En tiempos en que todo parece derrumbarse, la posibilidad de recuperar la iniciativa empresaria puede parecer una quimera. Sin embargo no sólo se trata de un objetivo posible, sino que es el único camino que puede conducir a buen puerto. Evidentemente el asunto no es sencillo: en primer término hay que revisar una serie de condicionamientos culturales que  vienen jugando en contra, y que quizás sean, tomados en su conjunto, las falencias que la crisis está denunciando, o las actitudes que es preciso transformar.

Uno de los riesgos mayores es esperar que la cosa se arregle para empezar a participar del cambio. Porque la situación se va a transformar sólo en la medida en que tomemos la iniciativa. La dificultad es que tanto en el plano político, como en la producción y en la defensa del bienestar personal, tenemos la marca de un paternalismo muy fuerte. Lo primero que hacemos es reclamar al Estado que resuelva las cosas por nosotros. Y lo cierto es que ninguna política nueva va a nacer del Estado, sino de la suma de las conciencias personales, y de las pequeñas acciones que realicemos en nuestras vidas concretas.

Aún cuando el mundo entero reconoce la creatividad de los trabajadores argentinos, pareciera que no logramos ponerla en juego en nuestro país. Hay cosas que siguen siendo válidas y tenemos que pensar cómo activarlas: la inventiva argentina, por ejemplo. Esto es constitutivo de nuestro ser y está paralizado por el miedo, aplastado por el grado en que miramos hacia afuera. Creo que estamos demasiado seducidos por los niveles tecnológicos del exterior.

Además de la iniciativa, también falta el amor por la tarea; hay una desvalorización del trabajo como espacio de realización de la persona, más allá del plano monetario. En los negocios no se puede tener en cuenta sólo la ganancia (aunque está claro que una empresa o gana dinero, o deja de existir); también debe considerarse el estado de ánimo del empresario y del personal.

Recientemente un hombre de negocios me contó que una multinacional con la que él apostaba a una alianza, terminó proponiéndole que actuara como representante: le ofrecieron que se quedara con el 20% de su empresa, y que vendiera el 80% restante. Para este hombre hubiese sido mucho más fácil vender. Pero no lo hizo: prefirió continuar con su empresa. Y me pareció fantástico. Porque el facilismo no alimenta la calidad de vida de las personas: cuando el individuo no afirma su propia aventura en la vida, se corroe su energía vital. Y lo mismo sucede con una Nación.

Otra barrera célebre es la dificultad que tenemos los argentinos para trabajar en equipo. La creatividad requiere cada vez más pensar juntos; no apuntar a la importancia personal de ser el único creador de algo, sino a la jugada con otros en una alianza hacia un resultado común que interese a todos. Para poder crear tenemos que  liberarnos de la soberbia.

A la hora de realizar alianzas, la profundidad de las relaciones de  amistad en Argentina podría ofrecer un terreno muy fértil. El desafío sería encauzar esa fuerza hacia el plano de la construcción, y no hacia el llanto o la queja. Es decir: no aliarse solamente en el infortunio y el dolor, sino también en el éxito. Esto requerirá reconstruir los lazos de confianza y animarnos a mostrar las propias “cartas” sin necesidad de saberlo todo. Y empezar a comunicar nuestras intuiciones, también, aunque no tengan el status de “saber”.

Todo indica que a partir de la crisis actual, las cosas no se van a “arreglar” en el país, sino que van a cambiar. Por lo tanto hay que animarse a crear, y esto conlleva el riesgo empresario. Obviamente no se trata de suicidarse económicamente, pero sí de ponerse los pantalones, porque lo que está en juego en la posibilidad de reconstruir nuestra economía es nada más ni nada menos que la calidad de vida de todos los argentinos.