Cómo hacer que el trabajo no sea un sacrificio

Las personas nos relacionamos con el trabajo de maneras que heredamos de generaciones que vivieron  en condiciones tecnológicas muy diferentes a las actuales. Esa herencia  nos impide degustar la tarea y vivenciarla con ganas. Vivimos el tiempo de trabajo como tiempo alienado, y eso también corroe las posibilidades de bienestar en nuestras vidas.

Creo que debemos repensar la actitud que nos hace vivir el trabajo desde una emocionalidad cuyo eje pasa por sentir todo esfuerzo laboral como penoso. El trabajo acapara muchas horas de nuestra vida cotidiana. Por lo tanto recrear nuestra actitud en este plano  es una cuestión principal en el cuidado de nuestra vida. No podemos dejarla a la deriva y a merced de las circunstancias: es necesario bucear en la historia cultural y en nosotros mismos, a fin de encontrar las dificultades, las posibilidades superadoras y los caminos para afirmarlas.

Un buen comienzo puede ser repensar la frase bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Las condiciones socio-culturales de épocas pasadas hicieron que esta frase fuera  usada como un mandato para lograr el auto-disciplinamiento productivo. Fue uno de los caminos  en que la religión institucionalizada participó en la tarea de disciplinar a las personas en el trabajo. Para comprender esta formulación bíblica es necesario puntualizar que ella estaba estrechamente vinculada con situaciones históricas en las que “ganarse el pan” requería mucho sacrificio.

En nuestros días sería bueno interpretar esta frase como una extensión del “no robarás” de los célebres diez mandamientos. Quizás esta sea una significación que convenga más a los tiempos actuales, tan plenos de corrupción y de utilitarismo desaforado. En esta lectura el texto nos diría que todos debemos asumir responsabilidades productivas y evitar los oportunismos que a algunos les permite apropiarse del esfuerzo de otros.

Sacudirse el mandato

Sea como fuere, lo cierto es que aquello de “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” se instaló en nuestras referencias morales como exigencia de disposición al esfuerzo penoso. En la actualidad las transformaciones en las condiciones tecnológicas de la producción  hacen posible y deseable la relectura del mandato: hoy la acción productiva está asistida por un desarrollo tecnológico (saberes y maquinarias) que acrecentó de manera radical la fuerza humana.

Para ayudarnos a traer a nuestras mentes la dimensión de esta evolución histórica del trabajo, propongo recurrir al lenguaje: en nuestros días es difícil  pensar en situaciones de esfuerzo en que alguien se “deslome” de manera literal (conservo el recuerdo de esta palabra desde mi infancia acontecida en el campo argentino de la década de los 40, cuando todavía solía usarse para referirse de manera literal a situaciones muy concretas)  El diccionario explica  “deslomar”: como “lastimar gravemente los lomos [de una persona o animal]”. Hoy sólo puede usarse esa expresión metafóricamente: en nuestros días apretar un botón o bajar una palanca mueve fuerzas superiores a las de muchos hombres. Esta es una consecuencia concreta del avance tecnológico que transformó las acciones productivas de los humanos.

Otra transformación importante es que la robótica se hizo cargo de los actos repetitivos. La primera etapa de la era industrial se caracterizó por la reiteración infinita de las mismas acciones durante horas interminables: en ese entonces el sacrificio no consistía sólo en “deslomarse” sino en confinar el propio ser a operar como parte de una máquina durante las horas de trabajo.

Hoy las acciones humanas productivas son principalmente actividades de supervisión de las máquinas, y en esta situación se nos hace posible –y se nos requiere- otra actitud en la tarea: necesitamos más creatividad y autonomía. Actualmente no nos sirve posicionarnos ante el trabajo desde una base emocional anclada en el esfuerzo penoso. Eso nos debilita la imaginación y la inventiva. Las condiciones materiales en que trabajamos actualmente hacen que podamos replantear esta actitud y para eso conviene preguntarnos sobre nuestra relación con el trabajo. Sin embargo, para hacerlo será bueno ser concientes de otras dos cuestiones importantes.

La retribución económica no es lo único

Nuestro trabajo genera la reproducción constante de lo que necesitamos para vivir. Esto se organiza en nuestra experiencia a través de la retribución económica por el trabajo: con ella adquirimos en el mercado lo que otros producen, y así disponemos de lo que constituye la “canasta” de nuestras necesidades. Más allá de los desequilibrios sociales en la distribución de la riqueza, todos los que trabajamos adquirimos lo que precisamos con ese resultado económico. Sin dudas esto hace que se trate de un sentido muy importante de nuestra tarea, el problema es que suele convertirse en único.

La estrechez de esta mirada nos posiciona de tal manera que experimentamos el trabajo como si todo lo que importara fuese la retribución o rentabilidad económica. Es esta la perspectiva casi excluyente a través de la cual estamos acostumbrados a evaluar un empleo o una actividad empresarial: “¿Cuánto ganas? ¿Cómo te va en los negocios?”. Esto hace que el tiempo de trabajo sea vivido sólo en función de su resultante económica. Sentimos que debemos entregar una parte de nuestro tiempo para obtener a cambio una recompensa económica. Ponemos todo el sentido de la actividad en el resultado y no registramos lo que va pasando en la actividad misma sino como un costo.

¿Qué hay de nuestro presente así organizado? En esta forma de la experiencia no podemos registrar lo que nos importa y agrada del presente, pues éste se desvanece al poner su sentido más allá de sí mismo. Lo que sugiero es abrir el registro, ampliarlo, permitirnos disfrutar de lo que nos guste hacer aún cuando estemos trabajando. Lo que hacemos puede gustarnos mucho o muy poco, pero siempre habrá posibilidad de registrar aspectos positivos. Paladear la tarea no significa negar la importancia de los resultados. “Más gusto” no implica “menos resultado”, sino todo lo contrario.

La realización personal también importa

El trabajo es uno de los planos de la experiencia en que el ser humano trasciende su ser para crear realidades más allá de sí mismo. Es una de las actividades en la que se realiza objetivándose: Es decir, crea fuera de sí algo que surge de sí mismo, de su energía y de su accionar. Los productos o servicios que genera existen más allá de él una vez creados. Su vida es de este modo generadora de posibilidades que se ofrecen a la vida de otros.

En todo esto, y más allá de lo económico, hay  una riqueza que perdemos de vista: vemos lo generado por nuestro trabajo desde la perspectiva de la “importancia personal”, lo vivimos competitivamente. No lo registramos como afirmación creadora de nuestra experiencia. De este modo es habitual que la alegría y el goce por lo hecho quede fuera de nuestras sensaciones.

En síntesis  

·         Nos posicionamos desde la idea heredada de que todo esfuerzo laboral es un esfuerzo penoso.
·         Valoramos el trabajo sólo desde el resultado económico.
·         No registramos nuestras prácticas productivas como generadoras de vida y riqueza existencial.
·         Organizada de esta forma, nuestra experiencia laboral deja afuera toda significación referente a la alegría y el goce de vivir.

¿Podemos cambiar esto y mejorar nuestra experiencia laboral? En mi opinión esto es posible, pero para transformar el modo de experimentar el trabajo debemos generar en nosotros otras maneras de sentirlo-vivirlo. Para eso será bueno hacernos (y reiterarnos con frecuencia) algunas preguntas que pueden ayudarnos a encontrar las sensaciones que nos orienten hacia nuevas formas de la experiencia:

  • De mis tareas cotidianas ¿qué es lo que más me gusta hacer?
  • ¿Cómo me gustaría hacer lo que hago?
  • ¿Qué puedo cambiar para pasarla mejor en mi trabajo?
  • ¿Cómo incide lo que hago en la vida de quienes lo usan o consumen?
  • Mi trabajo, ¿genera calidad de vida a las personas, o es sólo un negocio rentable?

Este tipo de preguntas nos irán posibilitando concebir el trabajo cómo un ámbito en el que también podemos disfrutar. Harán que aparezcan novedades, primero en nuestro interior: sensaciones, deseos y posibilidades. Así irán surgiendo las primeras “puntas”: comenzaremos a imaginar y luego a actuar actitudes y maneras novedosas de enriquecer nuestra experiencia.

Al abrir las preguntas puede ser que algunas personas no logren sino ratificar que el trabajo que hacen no les gusta, y que tampoco les interesa el producto que generan. En esos casos convendrá pensar en otro proyecto. Pero para lograr una situación laboral más disfrutable no siempre hay que conseguir otra ocupación. Es posible que se trate de hacer lo mismo que estamos haciendo, pero con una actitud y un posicionamiento diferentes. Transformar la mirada nos permitirá crear posibilidades nuevas.

Leopoldo Kohon, para revista “Salud Alternativa”, septiembre/2005.