Cómo apropiarse del tiempo de trabajo

El lunes suele ser un día poco simpático para la mayoría de la gente. Al igual que el regreso de las vacaciones y el comienzo del año laboral, se lo vive como el retorno del esfuerzo y el sacrificio dedicados al trabajo.

Habitualmente consideramos a los días laborales como aquellos que debemos perder para poder subsistir. Es frecuente hablar del “tiempo que tengo para mí” y del “tiempo que le dedico al trabajo” como de dos esferas contrapuestas. Desde esta perspectiva, el tiempo de trabajo aparece como tiempo alienado.

Pero además: ¿cómo se vive el anhelado tiempo “libre” luego de una jornada laboral que ocupa la mayor parte del día? ¿Será realmente tiempo propio, o quedará cargado con el ánimo de pesadez y de disgusto con el que llegamos a casa después de un día de trabajo? Y en esas condiciones, ¿será efectivamente tiempo propio, o simplemente tiempo para reponer fuerzas, para recargar pilas y estar preparado para la jornada siguiente?

Por otra parte, ¿cuánto es el tiempo libre que le queda a cualquier persona luego de su trabajo? Si pensamos en un individuo que cumple una jornada laboral de ocho horas, y a eso le agregamos otros quehaceres indispensables como comer, viajar, asearse, realizar las tareas cotidianas de su hogar, dormir, etc., sumamos unas veintidós o veintitrés horas diarias. Esto significa que al hablar de tiempo libre nos estamos refiriendo a lo sumo a dos horas por día.

Evidentemente algo anda mal en nuestra forma de vivir. Destinamos veintidós horas diarias a hacer posible que una o dos horas sean nuestras. Y encima esas dos las vivimos tensos, malhumorados, aplastados por la carga de las horas invertidas en el trabajo.

Con esto no estoy proponiendo que dejemos de trabajar, ni que abandonemos la posibilidad de desarrollar proyectos laborales. De lo que se trata es de cambiar el sentido que organiza ese hacer.

Habitualmente consideramos que no es legítimo perseguir el disfrute en el trabajo; en ese terreno sólo cabe buscar un resultado. Este principio organiza la tarea y estructura nuestra actitud ante ella: cuando se trabaja no se juega.

Creo que necesitamos cambiar este punto de vista. Mediante un esfuerzo consciente y estrategias progresivas, podemos hacer que el goce, el juego y la creatividad irrumpan en nuestra esfera laboral.

En la medida en que esto suceda, la división que antes planteábamos, entre tiempo propio y tiempo de trabajo, perderá validez. Ya no será necesario esperar a las últimas horas de la noche para encontrarse con el tiempo libre. El tiempo de trabajo será también un tiempo propio, y no un tiempo robado a nuestra posibilidad de divertirnos y gozar de la vida.