Cómo abordar la cuestión de las drogas

La profunda crisis de valores y la incertidumbre que caracterizan al mundo de hoy no necesariamente significan una amenaza o una degradación. En el contexto actual se abre más claramente la posibilidad de afirmar el juego propio, la alternativa de recurrir a la  creatividad y hacer lugar a la autoría existencial de cada cual.

Si logramos como padres afirmar en nuestros hijos la disposición y la fuerza para vivir en un mundo no estable, los habilitaremos también para plantear respuestas creativas en circunstancias cambiantes. Si no somos capaces de hacerlo, los dejaremos a merced de un mundo que por movedizo se les volverá caótico.

Creo que es preciso pensar todas las cuestiones de la vida teniendo como fondo estos términos. Incluso aquellas que conlleven una patente sensación de amenaza, como por ejemplo el tema de la drogadicción.

En sí misma la droga no es más que un paliativo para sobrevivir en el caos y en una vida sin sentido. Es una muleta para sobrellevar la debilidad y el llanto, un camino que conduce a ser cada vez más frágil y dependiente.

Para hablar en serio acerca del por qué de la droga y cómo evitarla, hay que poder pensar más allá de ella. Hay que hablar de la afirmación o debilidad de nuestros jóvenes, saber qué cosas en ellos constituye su creatividad y su fuerza , y cuáles los sumergen en la repetición y la desesperanza. La cuestión no es la droga, sino cómo cabalgamos y enseñamos a cabalgar esta crisis del mundo en que nacimos. Un mundo que se abre a otras formas de ser de las cosas y la vida, distintas de las que hasta aquí se presentaban como las únicas posibles.

Con esto no estoy diciendo que no haya cosas concretas para pensar en relación con la droga. Sólo digo que este tema puntual, para ser comprendido, debe ser pensado en relación con otra cuestión fundamental: la posibilidad de solvencia de los chicos para adquirir autonomía existencial; esto es, su capacidad para encontrar en sí mismos –y no por el cuidado y control de sus padres–, la fuerza y la lucidez que les permitan resolver las situaciones que la vida les presente.

No hay campana de cristal que pueda cuidar a nuestros hijos de las dificultades del mundo. La vida siempre atraviesa esas campanas.