Amor erótico

De las dificultades con el amor en el matrimonio

“El matrimonio es la tumba del amor”.
Dichos como este no aparecen en el decir popular desde la amargura de algunos pocos sino desde la experiencia de los más. Cuando una frase semejante resuena desde la experiencia colectiva, significa que hay algo instaurado en las costumbres que dificulta y empobrece las posibilidades, la presencia y la intensidad del amor.

“Ya no es lo mismo que los primeros tiempos…” “Nos queremos… pero antes era diferente.”
“Me gustaría volver a sentir aquello que sentía cuando éramos novios…” Estas son frases
que se escuchan cada vez con más frecuencia y eso ocurre en el grado en que se afirma colectivamente el deseo de vivir en pareja de maneras que hagan posible experimentar el amor-pasión con mayor intensidad y goce, que profundicen el encuentro y posibiliten la alianza.

Así las cosas, es bueno darnos cuenta que en este asunto de las dificultades en el amor,
hay algo que “nos pasa a casi todos” y no se trata sólo de “lo que pasa en mi pareja”. Es algo que se enraíza en como concebimos la pareja y no sólo en como está cada uno en su pareja actual. Pues bien, quienes estamos motivados por una mayor riqueza e intensidad de la experiencia amorosa en la pareja, necesitamos pensar ese “algo” que nos ocurre, para poder encontrar maneras de transformarlo y así enriquecer nuestras posibilidades de vivir el amor.

Necesitamos poder ver en nuestra propia conducta y manera de ser, la repetición
de esas formas culturalmente establecidas y no cuestionadas, esas repeticiones
que nos instalan en formas de emparejamiento que ya no se corresponden con nuestros deseos.

Necesitamos encontrar los caminos para aflojar las viejas maneras de estar en pareja
e ir cambiando hacia otras más posibilitadoras de la realización de nuestros intereses
amorosos en la cotidianeidad de nuestra vida.

Sobre el sentido de la pareja

El amor no fue siempre en la historia lo que se vivió como razón y sentido para casarse o emparejarse. Recordemos la época en que la nobleza usó el matrimonio para constituir alianzas políticas, la burguesía para unificar fortunas, el campesinado para acrecentar los recursos humanos para la pequeña empresa agrícola.

Ahora bien, aunque no siempre fue así, desde hace algo más de un siglo y de manera cada vez más generalizada, la gente se casa por amor. Son las fuerzas del amor y el erotismo las que nos hacen tomar la resolución de emparejarnos y sin embargo no son las fuerzas que más orientan
la practica de nuestra vida en el matrimonio. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué no podemos afirmar y enriquecer aquello que nos motivó a constituir una pareja?. ¿Por qué se nos van cayendo los sueños y las ilusiones del amor, sin que tengamos respuesta potentes para hacerlos realidad?

Si convocamos nuestros recuerdos al momento en que resolvímos casarnos y unos años antes, veremos que de los asuntos del amor erótico nadie nos habló. Las cuestiones y las practicas
del amor (no sólo de la sexualidad), no estuvieron presentes en el diálogo con nuestros mayores.
No hubo enseñanzas que nos ayuden a orientarnos en esas zonas de la vida.

Sí se nos dijo sobre la responsabilidad de fundar una familia. En nuestra memoria hay decires
de nuestros padres, de nuestros maestros, de los sacerdotes y jueces que nos esposaron
(¡qué palabra!), subrayando el carácter de bien supremo que se le asigna a la familia.
El amor-pasión de la pareja quedó así convocado a ser y convertido en: el origen y fundamento de la familia.
Pero no importaba en tanto tal, no importaba la riqueza de vida que el amor pasional contiene, sino que sólo importa realmente en tanto amalgama de la familia y en pro de la procreación y la crianza.

La validación de la sexualidad en tanto reproductora y su descalificación pecaminosa cuando no lo es (la iglesia católica aún se niega a validar los anticonceptivos), se extiende a toda la experiencia amorosa. Para occidente el amor pasional es una experiencia valiosa en tanto sea camino de otra cosa: sus resultados familiares y procreativos. Lo que no sea útil para estos fines, se devalúa y queda del lado del mal.

Así es que, en los hechos, nuestra forma de estar en pareja se caracteriza por ser una asociación de dos personas de sexo diferente destinada a procrear y compartir las situaciones de la vida que semejante emprendimiento conlleva. Es decir, se trata de ser una familia. El amor que motiva el emparejamiento queda sometido a ese sentido principal y puesto en función de su realización.

Así nuestra manera de relacionarnos, y el vínculo mismo, se va organizando y tomando forma para ser eficaz amalgama de la organización familiar, cuyos sentidos son el progreso económico y la crianza de los hijos.. Nuestras conductas se van centrando en esos ejes de sentido y progresivamente va perdiendo presencia e intensidad todo lo que no le es funcional. Así es cómo al poco tiempo de casarnos comienzan decrecer la seducción, la pasión, el erotismo, la comunicación profunda entre esas dos personas en tanto amantes. (Incluso la palabra hace ruido. Parecería que sólo se es “amante” fuera del matrimonio…)

Cuando llegan los hijos son ellos el centro de la vida de la pareja. La comunicación entre marido y mujer comienza a centrarse en los niños, en los problemas y en las alternativas de la crianza y todo ocurre de manera tal que el amor erótico es cada vez de menor importancia y significación en la convivencia de la pareja.

Con la vida centrada en la crianza de los hijos y en los proyectos económicos, ocurre que a pesar de que nos casemos enamorados y gozosos de ese amor, ni el amor ni el goce son tenidos en cuenta y efectivamente atendidos en la manera concreta en que habitualmente vivimos en pareja.

Poder vivir el amor con mayor grado de intensidad y presencia requiere asignarle mayor importancia y atención en nuestra práctica cotidiana. No se trata de declamaciones sentimentales, se trata de acciones concretas, sensibles y sensuales, de asignación de tiempo y energía que posibiliten una práctica real y consecuente con la importancia que queremos que el amor y la pasión tengan en nuestra vida.

El amor erótico y los hijos

La crianza de hijos no se contradice con las prácticas del amor erótico. No hay contradicción y tampoco necesidad de elegir entre una u otra posibilidad: tener hijos o vivir el amor-erótico de la pareja. Se trata sí de una cuestión de sentido de la vida en la que necesitamos elegir con claridad lo que deseamos vivir y necesitamos también aprender a ser responsables y creativos con nuestras propias elecciones.

Se trata en primer lugar de darnos cuenta que las formas conocidas de la conducta familiar hacen que vivamos el vinculo de pareja sin estar atentos y comprometernos con las posibilidades de gozar del amor y del erotismo. Las costumbres instauradas hacen que vivamos sin valorar, atender y cultivar las prácticas del amor erótico (el encuentro profundo de los corazones y de los cuerpos) como un sentido fundante de la vida.

Apocamos nuestra práctica amorosa en la pareja, pero también la escondemos, aun en sus expresiones más sutiles, a nuestros hijos. Y lo que escondemos ante nuestros hijos es lo que no les enseñamos, lo que no se fortalece en ellos. No gozamos el amor ni enseñamos a gozarlo. No atendemos al disfrute de la vida como una cuestión importante en la formación de las personas que son nuestros hijos. Formamos personas débiles e irresponsables en los asuntos del amor y del goce, tal como nosotros lo somos. Estamos atentos para vivir y para educar sólo en la responsabilidad ante los roles productivos (incluyendo la reproducción de las personas o crianza). Intentamos formarlos potentes para el éxito y el crecimiento laboral. ese es todo el sentido de la vida que inculcamos. Y no hablo sólo de lo que se dice, ocurre que somos modelos también desde las maneras en que vivimos.

Es necesario ver que fuimos criados en el marco de valores que ponen del lado del “mal” al goce de las practicas amorosas y que esos valores aún nos condicionan consciente o inconscientemente. Necesitamos animarnos a enunciar nuevos valores y crear nuevas maneras de vivir la experiencia erótica, en beneficio de nuestra propia vida y la de nuestros hijos. También en la crianza importa forjar la posibilidad de disfrutar de la vida, validar y valorar el goce, el amor y el erotismo.

Así es que quienes quieran para sí, y aspiren para sus hijos, la posibilidad de vivir con mayor presencia e intensidad del amor erótico, deben saber que para eso es necesario una búsqueda reflexiva y actitudinal que cuestione las formas conocidas e instaladas en la costumbre y que genere nuevos valores y nos posibilite nuevas maneras de ser y vivir el amor.

“Media naranja” o Singularidad

Es frecuente que nuestra vida amorosa en pareja nos deje la sensación de que pueden haber posibilidades mayores que las que logramos experimentar. No es mucha la atención que prestamos a la cuestión, sin embargo en muchos está presente cierta frustración y el deseo de la relación ocurra con un mayor grado de encuentro e intensidad.

Somos herederos de una cultura que puso las prácticas del amor-erótico del lado del mal. Necesitamos resignificar esta zona de nuestra experiencia y validarla como una expresión mayor de la gloria de vivir. Pero con validar al amor y al goce como sentido, con pensarlos del lado del bien, no alcanza. Lo que realmente estamos deseando los que sentimos deseos de enriquecer esta zona de la experiencia, es poner en acto esos nuevos valores, encontrar maneras más amorosas de relacionarnos. Gran parte de las dificultades para lograrlo está en la manera en que concebimos la pareja, de lo que deriva la forma en que cada uno sentimos y somos en relación con el otro.

Lo primero que necesitamos considerar es como sentimos, pensamos y experimentamos nuestra propia pertenencia a la pareja. Nuevamente será útil recurrir al libro de los dichos populares: Allí se dice que cuando nos emparejamos el otro es “mi media naranja” y esto implica ver a quien está en pareja no como alguien entero en sí mismo, sino como la mitad de algo. Lo entero, lo que tiene entidad propia, es la pareja, no cada una de las personas que la integran.

Aunque de esto en general no somos conscientes, es habitual que vivamos la pareja como la fusión de dos personas que constituye una “nueva entidad subjetiva” que es el “nosotros” de la pareja. Allí, en ese “nosotros” se diluyen, se debilitan y se pierden las particularidades propias y singulares del deseo, de los gustos, de las potencialidades de cada uno de los que conforman la pareja.

Y también allí, en ese “nosotros” fusionado e indiscriminado, desaparece “el otro” como un ser diferente a mi y que en su singularidad y diferencia me seduce y atrae. Cada vez hay menos del hombre o la mujer de quien nos enamoramos, para solo estar “mi esposa” o “mi esposo”, la otra mitad de “nosotros”.

Para poder amar al otro, para que el otro me seduzca y me apasione, es necesario que sea visto por mi como realmente otro, diferente de mi y cuya existencia no me pertenece ni desde el amor, ni desde el contrato matrimonial. Su ser ella (o él) en libertad es lo que posibilita que me seduzca y enamore. No se puede amar a quien se posee, ni se puede amar a quien se controla y domina, simplemente porque el amor es de otro orden que la posesión y el dominio.

Es por esto que si se trata de atender las posibilidades del amor, entonces se trata de concebir y vivir la pareja como un encuentro de dos personas autónomas y diferentes, que en algunos aspectos de su vida están asociados.

Pero ocurre que sentimos que nos pertenece y que le pertenecemos. ¿Cuales son los aspectos de nuestra forma de ser pareja que nos entrampan en esta sensación y conducta?, ¿qué nos hacen difícil ver y aceptar la singularidad del otro y la nuestra propia?.

Nuestra cultura valora y organiza nuestra actitud para con todo aquello con lo que nos vinculamos (persona o cosa) a la manera de un acto de posesión y dominio. Así es que también en la pareja es frecuente que más que encontrarnos-aliarnos-conectarnos con el otro, lo tomamos como “algo propio”. El otro nos pertenece y esa pertenencia nos hace suponer derechos sobre su vida.

Quienes queramos vivir una experiencia amorosa más rica e intensa necesitamos transformar esa manera de ser pareja, en la que pertenecemos con el otro a un todo en el que somos una unidad indiscriminada y en la que ejercemos una expropiación existencial mutua. Esa pertenencia indiferenciada e indiscriminada nos hace sentir que todo lo que es su vida es mi vida y todo lo de la mía lo incluye y le atañe. Aquí es donde anida, y se activa cotidianamente, esa tendencia a controlar y dominar al otro, apropiarnos de su vida y también aceptar como válido que el otro haga lo mismo con nosotros. Y lo seguimos haciendo aunque esto nos moleste mutuamente, nos empobrezca la vida, nos enfrasque en una pulseada de poder constante y no nos permita amarnos libremente.

Si desde nuestra educación todo en nosotros está predispuesto para que vivir en pareja sea fundirse con el otro, reemplazar los proyectos y los intereses de cada uno por los intereses y los proyectos de la pareja; entonces ocurre que la pertenencia a la pareja se vuelve necesariamente totalitaria y anuladora de lo propio de cada uno. Todo lo que no es de la pareja, por la pareja y en aras de sus proyectos es vivido como ilegal o sin fundamento valedero.

La libertad y la singularidad son condiciones del amor

En estos tiempos somos muchos los que, con mayor o menor claridad, sentimos que vivir en pareja en esa forma de pertenencia a un todo indiscriminado (ser “media naranja”, vivir como “la mitad de algo” que es la pareja) es limitante de la vida de cada uno y también de las fuerzas amorosas que los hace estar en pareja. Y que relacionarse desde la idea de que cada uno es dueño de su propia vida, da mayores posibilidades y fuerza al amor y a la vida.

De las pérdidas y limitaciones de la vida propia que nos trajo el emparejamiento creo que todos tenemos registro cuando sentimos que la pareja limitó los intereses no compartidos (amigos que no son amigos de ambos, deportes, maneras propias de vincularnos con nuestros hijos, y a veces hasta perspectivas laborales). Es bueno ver que este empobrecimiento de la existencia propia de cada uno, también limita la presencia y el crecimiento de lo que me atrae, me conmueve, me enamora del otro que está conmigo, pero que es fuera de mí. Es que la presencia misma del otro como otro ser que existe por fuera de mí y más allá de mí, se fue desdibujando, fue perdiendo matices y contornos en el grado que nos fuimos fundiendo en ese “todo superior” que construimos: nuestra pareja. El otro fue dejando de ser otro, para ser cada vez más sólo parte indiscriminada del “nosotros”.

De esto último no tenemos tan claro registro como de las perdidas propias, pero si recordamos la historia veremos como en el grado que se consolidaba la pareja fue perdiendo fuerza el apasionamiento y la significación del otro como “objeto” de amor erótico.

Aceptar ese ser otro del otro, que no me pertenece y al que no pertenezco, (aceptar que su vida no me pertenece y vivir mi propia vida como no perteneciéndole), es una condición de posibilidad del amor y al mismo tiempo algo que nos resulta muy difícil vivir, algo que nuestras costumbres, nuestros prejuicios, nuestros temores a la perdida, hacen que nos resulte muy difícil de organizar y aceptar en la práctica de nuestra existencia. Sin darnos cuenta siquiera intentamos doblegar las maneras y los deseos del otro, intentamos que sea “a la manera que yo quiero” y es justamente eso lo que violenta y obtura su posibilidad de ser en libertad y debilita la presencia de lo que me seduce, me enamora, me apasiona.

Ver al otro como realmente otro, independiente y singular, es un intento de larga y difícil, pero también fecunda y alegre, concreción.

Para ir construyendo una manera diferente al “nosotros indiscriminado”, necesitamos concebir la vida en pareja como un espacio convivencial donde existe lo mío, lo tuyo y lo nuestro. Y en donde lo nuestro es siempre zonas de encuentro y alianza de parte de lo mío y parte de lo tuyo.

No toda la vida de quienes estamos en pareja debe ocurrir desde intereses y proyectos conjuntos. También es bueno que exista lo que es propio de cada uno: amigos, gustos, actividades, proyectos, tiempos, espacios, opiniones. Lo singular de cada uno no distancia la pareja, por el contrario, le da posibilidades al encuentro amoroso, algo que solo ocurre si hay dos.

La alianza como forma del vínculo

Emprender un camino de enriquecimiento del vínculo amoroso no puede ser un intento sólo de uno de los integrantes de la pareja, aunque puede comenzar por uno de ellos. Se trata de una cuestión que atañe al encuentro entre dos y sus formas son sólo reelaborables por los dos y entre los dos. Necesitamos nuevos acuerdos fundamentales que funcionen como basamento de la búsqueda en conjunto. Acuerdos que tengan en cuenta las diferencias, la singularidad de ambos y que al mismo tiempo sean los pilares de una profunda alianza en aras del goce, la alegría y la intensidad que los dos reivindican como sentidos de la vida.

Se trata de buscar juntos la manera de vivir en que seamos cada uno “una persona entera” y al mismo tiempo estar atentos al cuidado del otro, al cultivo de una relación que se motive en la afirmación del amor, del goce y del erotismo como un sentido de la vida.

Para esto necesitamos en primer lugar poner atención en la manera en que nos vinculamos. En la pareja en donde cada uno se siente a si mismo, y percibe al otro, como “media naranja”, como parte indiscriminada del “nosotros”, la forma de vincularse inevitablemente está pregnada por una pulseada en la que cada uno intenta hacer predominar sus deseos, criterios y opiniones.

Este estilo no sirve para transformar la situación porque es esencial al sistema del que intentamos salir. En la medida en que no cambiemos esa actitud de imponernos sobre el otro, de dominarlo y dominar la situación, no será posible pensar juntos los caminos para afirmar lo que queremos. Y lo que no lo podemos pensar juntos también será dificil vivirlo bien juntos.

Si para replantear el sentido y la forma en que queremos vivir la pareja no sirve imponer, necesitamos encontrar otra manera de vincularnos. ¿Hay otra posibilidad? ¿Son posibles otras maneras? Creo que sí y pienso que esa otra manera tiene el espíritu general de la alianza.

La alianza amorosa requiere común acuerdo sobre lo que importa como sentido de la vida y el espíritu general que orienta la existencia de cada uno. Creo que es imposible construir una alianza en el nivel de comunidad y compromiso que implica la pareja amorosa convivencial, sin que exista un acuerdo básico sobre el sentido de la vida. Esta es la primera condición de posibilidad de la alianza.

La segunda condición refiere a la progresiva aceptación de que cada uno de los integrantes de la pareja somos personas singulares y autónomas que nos aliamos en una convivencia amorosa con el otro. La alianza sólo puede ocurrir entre dos seres autónomos.

La tercera condición de posibilidad refiere a la actitud vincular de los miembros de la pareja. Creo el eje actitudinal de la alianza amorosa implica el ofrecerse mutuamente al otro como ayuda y asistencia (aliado) en su intento de afirmar y enriquecer su propio camino (el del otro) en el vivir plena y gozosamente su vida. Y ese eje actitudinal de la alianza amorosa también requiere, en aquellas zonas de la vida que comparten (la zona del nosotros), que ambos intenten atender los deseos de uno y otro en igual grado. Esto no es solo una cuestión de bondad, ni de negociación, es una resolución interior de cada uno sustentada por el amor: hacer todo lo posible en aras de ayudar al otro en la afirmación de la creatividad, el goce y la alegría en su vida. Así el espíritu que organiza la relación es ser un aliado del otro, y tenerlo por aliado, en la afirmación de la vida de cada uno. Quienes pueden actuar de esta manera no lo hacen sólo por amor, sino también sabedores de que este es el terreno más fértil, la manera más potente de alimentar la intensidad del vínculo amoroso que los une.

Para avanzar en este intento debemos ser consciente que tal cual son nuestras costumbres y conductas habituales, tenemos poca experiencia de la alianza como actitud en nuestros vínculos. Nuestros modelos culturales (nuestras costumbres y maneras), responden principalmente al dominio, la competencia, al tener razón, a imponer nuestra opinión o nuestro gusto. Nuestra cultura nos organizó desde la voluntad de dominio y desde allí desplegamos nuestra experiencia y también desde allí se organizó nuestra forma de ser.

Debemos ser conscientes que funcionar en alianza no es una simplemente una resolución a tomar y que con eso ya lo podemos poner en práctica acabadamente. El dominio y la imposición están tejidos en nuestras conductas con hilos y maneras que nos resultan invisibles a nosotros mismos. Será necesario ir “deshilachando” poco a poco y en ese mismo grado iremos tejiendo en nosotros la posibilidad de vincularnos a la manera de la alianza. Para quienes lo abordemos será un proceso en el que deberemos estar muy atentos y en la experiencia irán creciendo progresivamente nuestras fuerzas para profundizarlo. Esas fuerzas vendrán de los aprendizajes obtenidos en la práctica de irlo haciendo (“se hace camino al andar”) y también de las vivencias de mayor riqueza amorosa que nos vayan ocurriendo en la relación.