Acordate de Platón y salí de la caverna

Algunas ideas sobre la opinión y la conversación.

  Por: Alejandro Romero
Filósofo. Integrante del equipo de “Pensar la Vida”

 

La serie de dos notas que aquí se inicia propone una reflexión sobre algunos aspectos de la manera de pensar, hablar, ver y escuchar contemporánea.

Quieren ayudar a hacer visibles algunas de las estructuras que dificultan a nuestros jóvenes -y no sólo a ellos- el pensamiento conceptual, la lectura y el diálogo comunicativo (o, si se prefiere, la comunicación a través del diálogo).

Tomo como punto de partida el paradigma del homo videns , que trato de aprovechar para comprender lo que vemos en nuestras aulas y, muchas veces, en nuestras empresas, nuestras organizaciones sociales y políticas y nuestra vida cotidiana.

En la primera parte, expongo los perfiles de la opinión y la conversación, y trato de mostrar cómo influye en ellas el modelo del intercambio mercantil.

En la segunda, objeto de una próxima entrega, analizo cómo influyen estos estilos del opinar y el conversar sobre el intercambio pedagógico y, en general, sobre los vínculos de comunicación. Para terminar, sugiero unos pocos ejes de intervención.

 

Primera Parte:

Opinión, Conversación e Intercambio mercantil.

1. Opinión

Podemos distinguir la opinión del saber en que aquella no necesita ni genera pruebas. No tiene criterios concientes y sistemáticos de validez. Mientras que lo que se llama saber se construye a partir de unas y otros.

Pero el reino del saber fue alguna vez el reino de la verdad y la razón, aquel cuyo acceso implicaba reelaborar y traspasar nuestras opiniones a partir de ellas . Muerta la verdad, hoy todos opinamos y nos sentimos satisfechos de opinar, contentos con nuestras opiniones, que enarbolamos como la marca de nuestra singularidad. Distan, pues, de ser tan provisorias como se espera de algo espontáneo, asistemático, sin fundamentos claros ni garantías, y sin referentes seguros.

Por el contrario, en la medida en que no dan paso a “saber” alguno, se agotan en sí mismas y antes que ser aprovechadas para construir “saberes” revisados, mejor articulados y más probados, se transforman en emblemas. Se tornan emblemas de sus portadores, que acaban identificados con ellas, y , por lo mismo, prisioneros de ellas.

Pero hay más. Tradicionalmente, había un diálogo posible entre opinión y saber. A veces conflictivo y a veces superador. Por otra parte, ambos podían mantener relación con las creencias: de confrontación, pero también de continuidad. Es esta capacidad de intercambio y reelaboración, de paso de un plano al otro lo que hoy parece suspendido. Se ha tornado problemático en particular para los docentes y en el campo de la enseñanza, aunque también en el campo de la política y la vida de relación.

Pareciera que saber es sólo saber científico y técnico, universalmente válido dentro del campo de esa ciencia o esa técnica -y por eso de la actividad dominada por esa técnica-. Entonces, el discurso del saber técnico-científico es inaccesible a cualquier intervención que no provenga de sus propias filas. Todo discurso “otro” es visto desde él con displicencia. Siendo así, la opinión corre por vías paralelas, ajena por completo al discurso del saber; aislados uno de otro. Opinión y saber son así impermeables a los intercambios mutuos: cada uno tiene su ámbito y su vía.

Esta escisión implica ya una disociación entre pensar personal y saber institucional, entre pensar y razón, entre opinar y saber, que, por lo general se dan la espalda y se ignoran mutuamente. Pero hay además, dice Sartoris, dos clases de opinión.

La opinión propia, es decir la que va elaborándose a lo largo de un flujo de conversaciones (del que forma parte la lectura) y de un flujo de reflexiones sobre la experiencia personal, es la primera y más antigua. La democracia, agrega, cuenta con la opinión pública como opinión propia . Como opinión que “se forma de modo autónomo” y es “un opinar autónomo, endógeno”. Cuando Platón y Aristóteles se referían a la doxa , se referían a este tipo de opinión, que no es irreflexiva y “reactiva” o automática, sino que implica un proceso activo de producción por parte de cada quien. Solicita “autores”, o “coautores”, personales.

Pero existe otro tipo de opinión, que Sartoris identifica con el imperio de los medios masivos de comunicación, y que describe como “el eco de lo que se transmite y da por cierto en los medios”. Esta opinión, analiza, tiene una característica: refleja el mundo en tanto existencia visible en y por los medios. Se trata de una opinión “en el espectador”, pero producida en otro lado y dirigida desde otro lado: heterodirigida y heterógena. El que opina es aquí “portador”, incluso “defensor”, pero no “autor” y ni siquiera, de costumbre, “coautor” de su opinión.

Es decir, se trata una opinión que no se elabora en un flujo de intercambios conversacionales con otros. Por lo tanto, no se reflexiona. La velocidad, fragmentariedad y unilateralidad de los medios de comunicación audiovisual (cada vez más los medios gráficos se les parecen en esto) hacen imposible un alto reflexivo. Cuanto más, lo que ocurre es que un dato, una escena traumática o sorprendente queda flotando en la mente del espectador, dispuestos a entrar, ellos sí, en algún intercambio. Pero lo esencial de la recepción se realiza sin él, como importación puntual de un fragmento ya conformado cuyo sentido está previamente demarcado por el medio y en el mensaje: es el mensaje.

Lo esencial de la opinión contemporánea en las sociedades medio-masificadas se conforma, dice Sartoris, de esta manera. Lo que no se ve en la tele no existe -salvo que podamos, y esto es ya un grado mayor de actividad, encontrarlo en Internet-. Lo que se ve en la tele -o, sofisticación, aparece por Internet- es lo real. Internet funciona con un grado mayor de variedad que la televisión pero trae consigo y canaliza el mismo tipo de autoridad orientadora “neutral”. Funciona también como un sustituto de realidad.

Esta realidad predigerida, este enlatado de opinión que se ofrece a través de las góndolas del supermercado audiovisual y virtual, es siempre fragmentaria, porque no está destinada a ser asumida en su conjunto, sino a que cada cual la identifique con y en alguno de sus fragmentos. El fragmento toma el lugar del todo y borra su origen. El fragmento reductivo y naturalizado aparece en lugar de la realidad: inmediatamente disponible.

Si esta es la naturaleza de la opinión, que se agota en sí misma a falta de un destino de elaboración que permita usarla como escalón y herramienta para generar saberes, y si, como sostuvimos, la opinión se torna “emblemático” elemento de identificación que cada cual defiende como propio porque lo representa, entonces tenemos “conciencias” conformadas y con/fundidas con productos de la industria comunicacional: prefabricadas, y no autoproducidas.

 

2. Conversación

Todo esto divorcia la conversación y la lectura -lentas, trabajosas, circulares, continuas, reconstructivas y, en el caso de la lectura por lo menos, meditativas- de las propias opiniones; de la imagen del mundo que tenemos, deudora de una red de importaciones y exportaciones instantáneas desde medios que se resisten a cualquier proceso de corrección y de debate o traducción.

El pensar/opinar se conforma así como un pensar fragmentario, pre-fabricado, hecho de manipulación de productos acabados que ocultan los procesos de elaboración, concepción y “fabricación” que los dieron a luz. Pero que también, por eso, vienen cargados de un sentido pre-determinado: marcan el sentido pero ya hecho, como inmodificable y cerrado, no como propuesta, proyecto, interpretación.

Así, opiniones, posiciones, concepciones, imágenes del mundo aparecen en los medios de comunicación en una mezcla de arbitrariedad gratuita y de necesidad ineluctable que se hace expresión de lo real mismo. Si se ve, es porque es.

Y así es como el reino del sentido y el reino de los hechos se divorcian. Ya no me pregunto si eso que veo tiene sentido, el mundo ya no es más una unidad de sentido y de acción, ya no es organización que puede (y merece y pide) ser comprendida: lo que es, es porque me lo están mostrando. Punto. He llegado a escuchar de labios de un licenciado en ciencias políticas, bien formado e inteligente por lo demás, la siguiente confesión: “viendo las imágenes de la primera guerra de Irak, terminé tranquilamente convencido de que se trataba de una guerra moderna, prácticamente sin bajas. Recién con el tiempo tuve que desengañarme”.

En el contexto de este divorcio entre opinión y saber, entre opinión y conversación y entre sentido y hechos, las conversaciones suelen tomar una forma “no dialogal”, no comunicativa. Dejan de ser realmente diálogos comunicativos para constituirse en un intercambio de monólogos dramatúrgicos. Monólogos alternativos por medio de los cuales cada uno expone (es decir, pone a la vista del otro), su ser, sentir u opinar. Lo hace a través del relato o la interpretación dramática de los mismos. Pero no para iniciar un proceso de reelaboración conjunta, sino para mostrarlos, para informar al otro, digamos, sin pretender (muchas veces sin aceptar) reelaboración conjunta de sentido.

Es así como casi no hay en estas conversaciones reelaboración de las opiniones que se cruzan. Hay comparación de las mismas, quizás, pero no puesta en cuestión de las mismas y reelaboración conjunta de ideas y posiciones en un proceso de corrección y aprendizaje mutuo. No hay producción de mundo o de sentido en común. Si las opiniones coinciden, habrá reafirmación tranquilizadora. Si se adversan, enojo, frustración o indiferencia: “cada cual piensa como quiere, después de todo”. Lo que no habrá es trabajo de cuestionamiento de las diferencias ni intento de elaboración de un mundo común.

Como consecuencia, el mundo mismo está tan fragmentado como las imágenes de los video clips, los programas de un canal cualquiera, o las noticias que nos muestran los noticieros: completamente privadas de conexiones orgánicas explícitas. Saltamos de un fragmento a otro sin poder elaborar su unidad y sin que nos importe la misma. Sospechando, es más, que no la tiene o que nos es inalcanzable, de modo que “para qué calentarse”.

Estos modelos de comunicación “dramatúrgica”, de búsqueda de espectador y de búsqueda de ratificación o reconocimiento, son hegemónicos, nos parece, y, para colmo, se prolongan en una institución escolar para la cual los contenidos (así los llaman) aparecen de modo tan fragmentario y arbitrario como en los medios de comunicación: la escición de contenidos y formas que domina la pedagogía, como si la una no hiciera al otro, me parece una expresión de ello. Las exposiciones sin conexión entre profesores y alumnos también responden al modelo que señalamos.

 

3. Intercambio mercantil como conducta modelo

A esto se agrega un elemento de otro orden, pero que se articula perfectamente con los anteriores y los refuerza: el modelo de intercambio mercantil consumista, que redobla por la práctica cotidiana este paradigma de lo pre-fabricado y no elaborado en un proceso autogestivo que requiere esfuerzo e iniciativa personal y social.

El modelo mercantil es un modelo dominado por una regla: “te doy lo que querés a cambio de lo que tenés”. Te doy algo que yo previamente ya tengo a cambio de algo que vos previamente ya tenés, y eso cambia de mano. Ese modelo rige el intercambio “comunicativo” (suena tragicómico –y es falaz- llamarlo así) por los medios. Un producto acabado cambia de mano a cambio del pago del cable, o del diario, o del aparato de televisión y de la luz. De un lado, una entrega que ni siquiera acepta declararse como tal (hasta los envíos a domicilio se llaman hoy, como si fueran otra cosa, delivery ). Del otro, silencio, mutismo, ausencia (no hay copresencia, por supuesto, en los medios). En el límite, cuando hay “presencia” del espectador, éste es número: público, ratting. Quizás esto también contribuya a entender la pasión del “público” por aparecer a cualquier costo que se expresa en los “reality”, pero también en los noticieros, con la dramatización del sufrimiento de las víctimas que, muchas veces, las propias víctimas despliegan.

Pero es un modelo que rige también el intercambio pedagógico, el político (clientelismo) y, a menudo, el afectivo: qué tenés para darme por lo que yo te ofrezco; qué tengo que darte para que me des lo que quiero. “Qué quiere usted que contestemos, profesor(a), para que usted nos ponga un siete”. Intercambio de información como canal por el que circula un intercambio de influencias o de “favores” mutuos. Racionalidad puramente instrumental, para emplear la conceptualización de Habermas, y por lo tanto exterior a quienes intercambian, puramente coyuntural. Pero no racionalidad comunicativa: no reelaboración de la relación y de la “naturaleza” de lo propio y lo ajeno, del vínculo mismo, y de las posiciones y las características de esos polos de todo verdadero vínculo que llamamos “yo” y “tu”.

Un modelo, este del intercambio mercantil, que se generaliza, se profundiza y se radicaliza en Argentina, porque se da en el seno de un sistema social-productivo con más de tres décadas de compra, venta, consumo, administración y reparto, pero que no construye ni inventa ni produce valor agregado: ni en la economía, ni en la política ni, sospechamos, en lo social. Modelo imperante en un país que destruyó su propia industria, su propio aparato científico-técnico, su propio estado, su tejido social, y que instaló la apología de la importación y la imitación junto a la realidad de la exclusión. Modelo imperante en un país donde los barrios y las casas de los más ricos (cada vez más parecidas a los barrios y las casas de Maiami) colindan con las villas o los asentamientos más pobres, muro de por medio, sin comunicar ni entrar en relación alguna de tu a tu.

Se trata, entonces, de un modelo que debe importarnos repensar, porque es un modelo que tiene profundas raíces estructurales y que entra fácilmente en correspondencia (apuntalándola) con esa matriz de importación de “contenidos-prefabricados-por los medios” que propusimos como origen de la opinión, y con ese modelo de conversación informativa y dramatúrgica, pero no comunicativa, que deja a cada cual aislado en su identidad previa y atrincherado tras la imagen de sí que construye y que sus propias opiniones, hechas emblemas del yo, apuntalan en su rigidez y fragmentariedad. Esto debe generar, sin duda, un refuerzo poderoso en cuanto al “efecto de realidad” del que hablábamos.

 

En el mundo dominado por el paradigma audiovisual, entonces, la opinión resulta importada por identificación desde circuitos mediáticos que la producen en serie, y de los que poco o nada sabemos. Así, queda divorciada del circuito de las conversaciones que deberían ser su origen. Éstas, a su vez, ya no sirven para elaborar o reelaborar opiniones propias a partir de las propias experiencias en el seno de intercambios comunicativos compartidos con otros, sino para exponer dramatúrgicamente imágenes de sí o emblemas de identidad (aquellas opiniones con las que quedamos identificados y que importamos casi acabadas), que comparamos, ofrecemos a cambio de ciertas expresiones de aprobación o reconocimiento, y oponemos a los ajenos a la hora de confrontar individualidades. Siendo así el poder de constitución de un mundo común que podrían tener las conversaciones comunicativas se diluye en un ejercicio de intercambio sin modificación de los actores, puramente exterior y por eso casi estéril. Nos sirven para desarrollar un personaje, para exponer un rol, para fijar una posición, pero no para reelaborar o reconfigurar en contacto y colaboración con otros la propia experiencia y, con ello, el mundo, la realidad y sus sentidos.

Por fin, el conjunto es dominado (incluso en el seno de los vínculos más íntimos – afectivos o pedagógicos-, que, para funcionar a pleno, deben estar regidos por otro modelo de acción), por el paradigma del intercambio mercantil. Intercambio de bienes y servicios, instrumental y externo, que no comunica a los sujetos que lo realizan, que no los compromete a una reelaboración conjunta de sus modos de ser y de pensar, de sus interpretaciones del mundo, la realidad y el sentido.